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Arzobispo de Huancayo escribe emotiva carta a Dios
Thursday 21 de May del 2015
www.arzobispadodehuancayo.org/?idt=7&id=1517&web=noticias

Entre medio centenar de personas de distintos países de América Latina y el Caribe que se han atrevido escribirle una carta a Dios, el arzobispo metropolitano de Huancayo, monseñor Pedro Ricardo Barreto Jimeno, ha dirigido una emotiva misiva en la que revela su misión y preocupaciones en la Iglesia en Huancayo.

Estas cartas están publicadas en el libro “Cartas a Dios desde América Latina” editado por PPC y Cáritas con la aceptación de sus autores, un libro que es verdadero mosaico de expresiones originales de trato y de relación personalizada con Dios.

Por el Perú también han escrito la teóloga Carmen Lora y monseñor Ricardo García.

 

El texto de su carta:

 

Reiniciar el camino sin mirar atrás

Pedro Barreto

Arzobispo de Huancayo

 

Jesús, deseo expresarte mi incomodidad. Hace unos momentos estuve dialogando contigo. Había avanzado un buen trecho de esta carta dirigida a ti. De pronto, sin saber qué pasó, el contenido desapareció de la pantalla. Intenté por varios caminos recuperarlo. Pero fue imposible. Perdí todo lo que habíamos conversado hasta ese momento. Sin embargo, en tu memoria se mantiene mi pasado. Esto me tranquiliza y alienta, porque creo en ti, aunque yo no entienda lo que me sucede. Tu providencia guía mi vida. Confío en ti. Estoy en tus manos.

El perder todo lo que estábamos conversando me ha enseñado, una vez más, que tú sabes ayudarme a obtener cosas buenas de situaciones difíciles. Solo quiero señalar dos.

1) El contenido de mi carta anterior queda contigo, no conmigo. Así es la historia de mi vida. Solo recuerdo los hechos más significativos. Pero el día a día, esos acontecimientos sencillos de encuentro con las personas, con las maravillas de los bienes de la creación, los problemas y dificultades que he vivido, quedan en ti, solo en ti. Me doy cuenta de que no puedo vivir anclado en el pasado. Siempre hay que comenzar, impulsados por esos acontecimientos fundamentales que han marcado mi historia, más allá de los años que he vivido. Reiniciar el camino sin mirar atrás. Pensando, sintiendo y actuando como tú. Con la paciencia infinita que te da el ser Dios eterno y verdadero.

2) Eres novedad perenne y actuante en m vida. Yo diría “irrepetible”. Me sorprende la experiencia inaudita e inesperada de tu disposición a estar en mí, aunque yo no esté en ti. ¡Cuántas señales de tu cuidado paternal y maternal en mi vida! Al mirar mi historia desde tu presencia amorosa veo con claridad que tú me has ido formando día a día y me has llamado por mi nombre, aceptándome tal y cual como soy. Poco a poco he descubierto la alegría de ser compañero de tu Hijo en los gozos y fatigas de la vida. Me has pedido amarte y servirte como pastor de tu Iglesia, aquí en la arquidiócesis de Huancayo, donde siento palpitar tu corazón en cada una de las personas de mis hermanos y hermanas que has puesto en mi camino.

Ahora, ya más tranquilo, quiero decirte que, sin este diálogo contigo, mi vida se torna opaca y estéril. El manifestarte lo que siento y vivo hoy me sitúa en mi verdadero contexto de criatura, creada para estar a tu servicio, como María, como José. Me elegiste pastor de tu grey y como pastor quiero tener los ojos fijos en ti para escuchar tu palabra y realizar lo que más te agrada en beneficio de los demás, especialmente de aquellos que sufren y están excluidos. Soy consciente de mis “cinco panes y dos peces” que te ofrezco. Es muy poco lo que tengo en comparación con lo que me pides, junto a tus discípulos de hoy al contemplar las grandes necesidades de la humanidad: “Denles ustedes de comer”.

Permíteme, Señor, preguntarte, ¿por qué la infidelidad y la violencia que corroen las entrañas de la vida familiar y que afectan directamente a los hijos e hijas inocentes?; ¿por qué de la corrupción generalizada que contamina el tejido social y hace más pobres a los pobres?; ¿por qué el sistema económico actual excluye a la mayor parte de la humanidad y la condena a una muerte lenta?; ¿por qué a unos pocos les sobra el dinero y lo derrochan a vista y paciencia de los cada vez más pobres, que desean saciar su hambre de las migajas que caen de las mesas de los ricos, como los Lázaros de hoy?; ¿por qué el dinero gobierna a las personas y no se pone, de manera justa y solidaria al servicio de la humanidad?... Me desanima la fría ley del mercado, que no tiene rostro ni corazón, pero sí un solo objetivo: servir al “dios dinero”, que avasalla, destruye y aniquila a la persona. Es el “mercado” el que pone los precios de los recursos naturales, el que precisa la inflación o no de la economía emergente o la crisis financiera de los países.

No entiendo, Señor, lo que sucede en el mundo… los adelantos tecnológicos y la ciencia me dicen que hemos avanzado con respecto a décadas anteriores. Sin embargo, me pregunto delante de ti: ¿por qué la pobreza y la exclusión de la mayoría de la humanidad?; ¿por qué el sufrimiento de los niños, de los adultos y ancianos, que son considerados –en palabras del papa Francisco- como el “descarte” de la sociedad?

Nos creaste por amor “a tu imagen y semejanza”, con el don de la libertad. Y no te has arrepentido ni te arrepentirás de habernos creado libres y capaces de decidir sobre nuestro destino… que eres tú. Sin embargo, constato con dolor una aguda contradicción en mi vida: sé lo que debo realizar para responder, en libertad, a tu voluntad, y al mismo tiempo hago todo lo contrario. Por eso me pregunto en tu presencia, con Pablo: ¿Quién me librará de esta situación? Y te respondo desde lo más profundo de mi corazón: “Tú, Señor, solo tu amor y tu gracia me bastan” –como nos enseña san Ignacio de Loyola-.

Al mirarte en la cruz comprendo tu silencio. Sí, ya me has respondido. Ya no te preguntaré más. Sé que mirándote desde tu corazón traspasado me has respondido y para siempre en el hoy de la humanidad. El mal hay que enfrentarlo en la compañía de tu Hijo, muerto y resucitado, en sociedad, en Iglesia, y vencerlo “a fuerza de hacer el bien”, como nos dice Pablo.

Experimento, Señor una alegría intensa –que viene de ti- al estar hace unos momentos con niños, adolescentes y jóvenes de la Casa de Acogida “San Juan Diego” para niños con VIH/sida. Una niña de siete meses de nacida –la más pequeña- estaba en brazos de una joven de 19 años que integra la comunidad desde los 10 años de edad. También se me acercó una adolescente de 10 años que llegó a nosotros al día siguiente de su nacimiento. Ahora también cuida de los más pequeños. La solidaridad brota de manera espontánea porque han aprendido durante su estancia en “La Casita” a recibir ese amor desinteresado que viene de ti.

Te agradezco, Señor, por todas las personas que hacen cercano tu rostro de bondad para unirnos a ti, que estás presente en cada una de las personas que nos rodean.

Te agradezco, Señor, por las personas del campo y de la ciudad que pones en mi camino. Son tuyos. Ellos me hablan con su vida de tu existencia amorosa, aunque no entiendo por qué del sufrimiento y de la soledad de muchos. Por qué de la pobreza lacerante y desgarradora de la mujer que pasa horas y horas vendiendo unas golosinas en medio del frío y del calor de cada día. Y de esos niños del campo que abundan en la alegría de la sencillez sin tener lo necesario para vivir.

Por eso, Señor, agradezco el que hayas inspirado al papa emérito Benedicto XVI a dimitir del servicio que tú le pediste. Ejemplo de humildad y amor a la Iglesia. También agradezco el que nos hayas regalado la presencia del obispo de Roma, el papa Francisco. Fiel a tu mensaje evangélico, nos está impulsando a renovar nuestra fe en ti y participar activamente en la vida y misión de tu Iglesia. Sus palabras y sus gestos nos hablan de tu Hijo Jesús, que “se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza”; que “no vino a ser servido, sino a servir”; “a dar vida, y vida en abundancia”… Es verdad del cumplimiento de su promesa de enviarnos al Espíritu Santo, que “nos recordará todo lo que él nos ha dicho”.

Es el Espíritu Santo que guía y fortalece a tu Iglesia. De eso, ahora estoy más convencido. Son muchas las experiencias eclesiales en las que me he preguntado: ¿dónde estás, mi Señor?; ¿por qué nos has abandonado?; ¿por qué en tu Iglesia se da el escándalo de la doble vida de algunos de sus miembros, obispos, sacerdotes, religiosos y laicos? Recuerdo, Señor, que fue una de las razones por la cual el papa Benedicto XVI presentó su renuncia a continuar su misión de obispo de Roma para dedicarse a orar y sufrir por la Iglesia.

Estoy animado con el momento eclesial que vivimos en la Iglesia. El papa Francisco nos ha planteado al principio de su servicio como obispo de Roma que desea “una Iglesia pobre y para los pobres”, que debemos caminar en tu presencia, construir la comunidad y confesar nuestra confianza solo en ti, Señor.

Para nosotros, los que peregrinamos en la fe como Iglesia en América Latina sentimos la urgencia de vivir transparentando tu presencia. Quiero salir al encuentro de las personas acogiendo sus angustias y esperanzas, para acercarlas a ti. Deseo seguir siendo tu instrumento de amor y de servicio. Hazme dócil a tus inspiraciones para colaborar con la misión evangelizador de tu Iglesia.

Gracias, Señor, por esta oportunidad de expresarte mi sentir a través de esta carta. Te pido que “venga a nosotros tu reino”.

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