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Arzobispo Pedro Barreto hablˇ de integraciˇn latinoamericana en Chile
Monday 18 de March del 2013
www.arzobispadodehuancayo.org/?idt=7&id=559&web=noticias

El arzobispo metropolitano de Huancayo, monseñor Pedro Ricardo Barreto Jimeno, expuso en Chile las “Perspectivas, desafíos, oportunidades para la integración latinoamericana”, durante el “Seminario de liderazgo para el cambio: la democracia que queremos”.

Ofrecemos el texto íntegro de su conferencia.

 

Perspectivas, desafíos, oportunidades para la integración latinoamericana.

Monseñor Pedro Ricardo BARRETO JIMENO, S.J. Arzobispo de Huancayo - Perú

Presidente del Departamento de Justicia y Solidaridad (CELAM)

 

Al concluir este “Seminario de Liderazgo para el cambio: La democracia que queremos”, se me ha pedido reflexionar sobre “las perspectivas, desafíos, oportunidades para la integración latinoamericana”.

 

Inicio mi reflexión con un anuncio esperanzador: la Iglesia en América Latina, fiel al mandato de Jesús, ha avanzado en el proceso de integración mediante un Organismo creado en 1955 al que denominamos Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM). En sus cinco Asambleas Generales, ha mirado la realidad de nuestros pueblos y de nuestra Iglesia a la luz de la Palabra de Dios; la ha juzgado según el Evangelio de Jesucristo, Camino, Verdad y Vida y ha propuesto que actuemos en y desde la Iglesia, como discípulos misioneros de Jesucristo, en la propagación del Reino de Dios (Cf. DA 19).

 

Reconozco los múltiples obstáculos que encontramos en nuestro camino: una democracia formal, muy poco participativa, basada en liderazgos, más individuales que comunitarios, más desde el autoritarismo y que del diálogo y la concertación. A ello se suma, más recientemente, una explotación irracional de los recursos naturales, dejando en evidencia un sistema neoliberal que privilegia el lucro por encima de la vida y la dignidad de la persona.

 

En este contexto, la integración latinoamericana está afectada por una lucha individual y competitiva, a veces esquizofrénica, para conquistar un lugar en el mercado e impulsar así el crecimiento macroeconómico de los países de América Latina y El Caribe. Esta realidad crea una creciente y alarmante inequidad con indigencia y pobreza en nuestro Continente.

 

Sin embargo, podemos señalar algunas perspectivas de progreso en la integración latinoamericana, si nos atenemos a principios y valores irrenunciables en la práctica del Evangelio de Cristo que sustentan una auténtica integración entre las personas: la Vida y la dignidad de la persona humana, como base esencial de cualquier desarrollo social con equidad; la Verdad como elemento esencial para el crecimiento y maduración personal y comunitario en todos los ámbitos sociales: familia, educación, política, economía y la Solidaridad como expresión de una auténtica justicia e integración Latinoamericana. De ahí que el papa Juan Pablo II manifestara su propuesta y compromiso de “globalizar la solidaridad”.

 

I.           SITUACIÓN Y PERSPECTIVAS

 

El fenómeno de la globalización que vivimos expresa un cambio de época en todo el mundo. Latinoamérica también lo experimenta como lo expresa el documento de Aparecida (DA) de la V Conferencia del Episcopado Latinoamericano en Aparecida: “Los pueblos de América Latina  y de El Caribe viven hoy una realidad marcada por grandes cambios que afectan profundamente sus vidas… y tienen un alcance global que, con diferencias y matices, afectan al mundo entero” (DA 33 y 34).

 

El desarrollo de la ciencia y la tecnología ha sido una de las causas que ha impulsado este acelerado cambio de época. Ya no podemos hablar de una simple época de cambios como se afirmaba hace cuarenta o cincuenta años atrás.

 

Este cambio de época se manifiesta principalmente por la creación de una red de comunicaciones de alcance mundial. Podemos entrar en relación virtual, a pesar de las grandes distancias geográficas donde nos encontremos.

 

La experiencia de las recientes semanas es elocuente: la Iglesia Católica y el mundo han vivido intensamente los últimos diecisiete días del pontificado de Benedicto XVI, después de anunciar su decisión de renunciar a la Sede de Pedro. En tiempo real, veíamos y escuchábamos sus palabras y mensajes, como si estuviésemos presentes en el lugar. Esta comunicación virtual nos ofrecía una visión más completa de este inédito acontecimiento que no se dio en la historia de la Iglesia en más de 700 años, cuando el Papa Celestino V (1294) a los ochenta años de edad, renunció a los seis meses de haber sido elegido a la sede de Pedro. Ahora estamos a la expectativa de la elección del sucesor de Benedicto XVI que se conocerá en los próximos días.  

 

Por otro lado, “esta nueva escala mundial del fenómeno humano trae consecuencias en todos los ámbitos de la vida social, impactando la cultura, la economía, la política, las ciencias, la educación, el deporte, las artes y también, naturalmente, la religión… En este nuevo contexto social, la realidad se ha vuelto para el ser humano cada vez más opaca y compleja” (DA 35 y 36).

 

Se experimenta una cultura de muerte que lleva consigo un crecimiento de la desigualdad, así como niveles de pobreza que afectan a más de la tercera parte de población de la Región. Por ejemplo la pobreza aumentó alrededor de 1.1 puntos porcentuales y la indigencia 0.8 puntos porcentuales de 2008 a 2009, según la CEPAL.

A esto se suma la explotación de los recursos naturales en nuestra región de manera masiva y en algunos casos “irracional” que sin duda expresa la motivación meramente economicista de la mayoría de las empresas extractivas, las cuales en gran número de casos, cuentan con el apoyo de los gobiernos. Esta situación afecta principalmente a personas mayoritariamente del campo, la Amazonía y de las zonas alejadas de las grandes ciudades. 

Precisamente, la Iglesia al estar inmersa en este cambio de época, debe establecer una nueva relación de diálogo con la Sociedad, desde la perspectiva de la integración latinoamericana, sobre la base de principios y valores comunes a los que ya hemos hecho referencia.

II.        DESAFÍOS

 

El proceso de crecimiento económico en la región, con grandes inversiones como las que vivimos en nuestros países, con preeminencia de las Empresas extractivas de los recursos naturales preocupa seriamente a la Iglesia.

 

En la mayoría de los países de América Latina y El Caribe, hay una expansión acelerada de la explotación de los recursos naturales por parte de las empresas extractivas, formales e informales, como dice el documento de Aparecida:“...hay una explotación irracional que va dejando una estela de dilapidación, e incluso de muerte, por toda nuestra región” (DA 43).

 

Estamos en un escenario de incremento de los conflictos socio-ambientales en el Continente. Nos preocupa la situación de muchos agentes pastorales y líderes sociales, de defensores y defensoras de los Derechos Humanos, así como de las personas que trabajan para la protección del medio ambiente y la conservación de los recursos naturales que vienen siendo amenazados y perseguidos.

 

El modelo económico actual se sustenta en la matriz energética de combustibles fósiles, en la persecución del lucro a todo costo y en una escalada de consumo, aparentemente sin límites, lo que conlleva la sobreexplotación y, por consiguiente, la creciente escasez de recursos naturales no renovables y el calentamiento global debido a la emisión de gases de efecto invernadero (GEI), en conjunción con el agravamiento del fenómeno del cambio climático global.

 

En los últimos tiempos, hemos asistido a una confrontación de los tratados de libre comercio respecto de los acuerdos de integración, que han replanteado los términos de la relación entre países en una vertiente económica y comercial, teniendo como referencia la globalización principalmente económica y con un enfoque neoliberal. 

 

La experiencia práctica de los «TLCs», tienen, como común denominador, el ser acuerdos “entre diferentes”, esto es, países con economías muy potentes con países mucho más pequeños ; acuerdos basados en la competitividad del “libre mercado”, en favor de los grandes capitales y quitando todo tipo de protección a sectores débiles, considerándolos como «barreras al libre comercio».

 

Frente a ello, el concepto de integración alude más bien a los acuerdos (no sólo comerciales) entre países que tiene un «tamaño» menos desigual, una historia común y que se centra en la cooperación (léase solidaridad) más que en la libre competencia del mercado.

 

Si bien prevalece en varios países un modelo económico neoliberal asentado en el extractivismo, constatamos con esperanza el surgimiento de nuevos enfoques de desarrollo que se proyectan hacia propuestas integrales, incorporando las dimensiones sociales, culturales y ambientales.

 

Pero, por otro lado, la inequidad en primer lugar y luego la pobreza, siguen afectando a la región.

 

Hay también un proceso de democratización, desde el punto de vista de la participación ciudadana “desde abajo”, pero por otro lado autoritarismo y re-elecciones presidenciales casi sin límite en varios países.

En suma, el gran desafío para la integración latinoamericana es: “Buscar un modelo de desarrollo alternativo, integral y solidario, basado en una ética que incluya la responsabilidad por una auténtica ecología natural y humana, que se fundamenta en el evangelio de la justicia, la solidaridad y el destino universal de los bienes, y que supere la lógica utilitarista e individualista, que no somete a criterios éticos los poderes económicos y tecnológicos. Por tanto, alentar a nuestros campesinos a que se organicen de tal manera que puedan lograr su justo reclamo” (DA 474 c).

 

III OPORTUNIDADES

 

Si no se integran, económica y políticamente, las naciones de A.L. y El Caribe, va a seguir avanzando la desigualdad, la pobreza, la depredación de los recursos naturales y el autoritarismo en la región.

El Beato Juan XXIII nos decía: “los países son sujetos de derechos y deberes mutuos y, por consiguiente, sus relaciones deben regularse por las normas de la verdad, la justicia. La activa solidaridad y la libertad” (Pacem in Terris, 80).

Sin duda, es el momento propicio para ir encaminando nuestras reflexiones y propuestas en torno al nuevo modelo de desarrollo alternativo al que hemos hecho referencia.

Una importante base para esta oportunidad, son las diversas expresiones de economía social y solidaria, de comunión, iniciativas de comercio justo y consumo ético y sus redes respectivas que poco a poco, van siendo tenidas en cuenta por las sociedades y gobiernos. En varios países se ha dado legislación de promoción a la economía solidaria.

Por otro lado, desde muchas iniciativas “desde abajo”, principalmente de los pueblos indígenas de la Amazonía, pero también de los Andes, se vienen haciendo propuestas de “planes del buen vivir”, el “sumak kawsay”, que habla de la relación armónica entre los seres humanos y de éstos con la naturaleza y los bienes de la Creación, lo que contiene también un cimiento muy importante de espiritualidad.

Debemos destacar experiencias relevantes de diálogo (democracia deliberativa), como también de coordinación y aún de concertación entre entidades del estado y la sociedad civil que va abriendo caminos novedosos para la co-construcción de políticas públicas en procesos que van articulando la democracia representativa con la participativa, desde los presupuestos y propuestas de planes de desarrollo participativos en localidades y espacios sub-nacionales y nacionales.

Podríamos decir también  que en la mayoría de países hay un respeto por la Iglesia Católica, por su capacidad de intervenir en los conflictos desde una perspectiva de construcción de paz. Las pastorales sociales-Caritas se han ido vinculando positivamente con la sociedad civil y los movimientos sociales. Hay reconocimiento de pastores y agentes pastorales que han demostrado un compromiso y coherencia, inclusive se han dado situaciones de martirio.

En todos los países de la región, en mayor o menor medida, es posible la incidencia de los episcopados en favor de una política que dignifique a las personas, especialmente las más empobrecidas y marginadas. Esta incidencia ha permitido que los procesos de democratización puedan darse, incluso en contextos de grave violencia política. La Iglesia ha jugado un rol muy importante en los procesos de transición en situaciones de graves conflictos y violencia extrema (justicia transicional).

Se sigue reconociendo la capacidad de aporte de la Iglesia desde la ética humana y cristiana y su capacidad de aportar en trabajar por la ética en la política, su capacidad de dar testimonio coherente de parte de la mayoría de sus miembros.

El rol de los laicos viene siendo, en importantes sectores,  de un compromiso marcado y cada vez más evidente.

Ha sido reconocido en Aparecida muy claramente al afirmar que “el ámbito propio de la actividad evangelizadora de los laicos es el mismo mundo vasto y complejo de la política, de realidad social y de la economía, como también el de la cultura, de las ciencias y de las artes, de la vida internacional, de los ‘mass media’, y otras realidades abiertas a la evangelización, como son el amor, la familia, la educación de los niños y adolescentes, el trabajo profesional y el sufrimiento. Además, tienen el deber de hacer creíble la fe que profesan, mostrando autenticidad y coherencia en su conducta” (DA 210). Y éste es un ámbito propio de ustedes, los Becarios de Porticus porque: “la evangelización del Continente, nos decía el Papa Juan Pablo II, no puede realizarse hoy sin la colaboración de los fieles laicos. Ellos han de ser parte activa y creativa en la elaboración y ejecución de proyectos pastorales a favor de la comunidad” (DA 213).

IV REFLEXION FINAL

La creación del CELAM representa ya un importante esfuerzo de integración, empezando desde la Iglesia misma y en su momento, asumiendo los desafíos del Concilio Vaticano II.

Una integración que podríamos decir, valga la redundancia, «integral», basada en una historia común de nuestros pueblos, rescatando las culturas, desde las precolombinas, integrando los gozos, esperanzas, tristezas y angustias de los pueblos en lo económico, lo social, lo político, más recientemente los desafíos del Cuidado de la Creación.

Hoy la integración va tomando nuevos contenidos, en relación al cambio de época que estamos viviendo. Por un lado no es sólo económica, sino que busca ser integral, abordando las diversas dimensiones de la vida humana (social, política, cultural, económica, ecológica, ética, espiritual). Ahora se habla más del «buen vivir» (calidad de vida) que del simple «desarrollo», más bien enfocado en lo económico.

Por otro lado, es sensible a los «nuevos rostros» del Cristo sufriente que nos interpelan. Nos convocan al gran desafío del cuidado de la vida desde su concepción hasta su término natural y de la corresponsabilidad frente a los bienes de la creación.

El proceso evangelizador busca el bien de las generaciones presentes y futuras. Se fundamente en un proceso participativo personal y comunitario «desde abajo», especialmente integrando a los más pobres y excluidos. “Los pobres son evangelizados”, dice Jesús como signo de la presencia del Reino de Dios.

La Iglesia quiere ayudar a abrir estos espacios de participación a los laicos, en esta nueva presencia histórica y eclesial de los pobres, como sujetos de evangelización. Vivimos un proceso de integración de todos los miembros de la familia humana en la gran fiesta de la Vida, a la que Jesús nos llama a compartir.

Cada uno de nosotros está llamado por el Señor para aportar en este proceso de integración latinoamericana que debemos construir cada día: para construir una sociedad más justa y solidaria.

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