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La Iglesia y los cristianos tenemos la compasión del buen samaritanos por las heridas del mundo
Thursday 10 de March del 2016
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La Iglesia y los cristianos tenemos la compasión del buen samaritanos por las heridas del mundo, porque tomarse cuidado de la persona que sufre mejora las relaciones sociales y frena la cultura del descarte. En torno a esta idea desarrolló su octava meditación de los ejercicios espirituales del padre Ermes Ronchi al papa Francisco y a la Curia Romana.

De este modo, el predicador tomó como referencia las palabras de Jesús a la mujer en el sepulcro “Mujer ¿a quién buscas? ¿Por qué lloras?”, para describir el comportamiento de Dios hacia el dolor del hombre. Jesús es el resucitado, es el Dios de la vida, y se interesa por las lágrimas de la Magdalena.   

“En la última hora del viernes, sobre la Cruz, se había ocupado del dolor y de la angustia de un ladrón, en la primera hora de la Pascua se ocupa del dolor y del amor de María”. Porque, subrayó el predicador, este es el estilo de “Jesús, el hombre de los encuentros”: “no busca nunca el pecado de una persona, sino que se para siempre en el sufrimiento y la necesidad”.
Entonces, el predicador lanzó una pregunta: ¿cómo hacer para ver, entender, tocar y dejarse tocar por las lágrimas de los otros? Así, aseguró que “aprendiendo la mirada y los gestos de Jesús, que son los del buen samaritano: ver, pararse, tocar. Tres verbos que no hay que olvidar nunca”.
El predicador señaló que en muchas escenas del Evangelio, Jesús ve el dolor humano y siente compasión. Este vocablo, en el texto griego se traduce con sentir “un calambre en el estómago”. La verdadera compasión –explicó– no es un pensamiento abstracto y noble sino algo físico. Lo que lleva al buen samaritano a no “pasar de largo”.
A propósito, el padre Ronchi observó que la verdadera diferencia no es entre cristianos, musulmanes o judíos, no es entre quien cree y quien no cree. “La verdadera diferencia es entre quien se para y quien no se para delante de las heridas, entre quien se para y quien sigue recto”.
El predicador recordó que cada vez que Jesús se conmueve toca. “Toca al intocable”, al leproso, el primero de los “descartados humanos”. Advirtió también que “la mirada sin corazón produce oscuridad y después desencadena una operación aún más devastante: corre el riesgo de transformar a los invisibles en culpables, de transformar las víctimas –refugiados, migrantes, pobres– en culpables y en causa de problemas”.
Asimismo afirmó en la predicación que “si seco una lágrima, yo sé que no cambio el mundo, no cambio las estructuras de iniquidad, pero he mostrado la idea de que el hambre no es invencible, que las lágrimas de los otros tienen derechos sobre cada uno y sobre mí, que yo no abandono a la deriva a quien lo necesita, que no te han tirado, que el compartir es la forma más propia del ser humano”.
Porque la misericordia –concluyó– es todo lo que es esencial a la vida del hombre. Y Dios perdona así: no con un documento, sino con las manos, tocando, con una caricia.
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