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Cada vez mas ... Persona - Octubre 2012
Wednesday 03 de October del 2012
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EN  BUSCA  DE  LA  ALEGRÍA

 

La alegría – dice Santo Tomás – es el primer efecto del amor y, por tanto, de la entrega. Se podría decir que hay tantas clases de alegría como clases de amor; la alegría de quien ama una buena comida es bien distinta de la que goza quien acaba de enamorarse. Dime como está tu alegría, se podría decir, y te diré donde está tu amor.

La alegría de amar a Dios no tiene comparación, “no es esa que podríamos llamar fisiológica, de animal sano, sino otra sobrenatural, que procede de abandonar todo y abandonarte en los brazos amorosos de nuestro Padre – Dios”. El cristiano es alegre porque la esencia de su vida es amor de Dios. Es inconcebible un verdadero cristiano que viva su fe sin alegría.

Se fundamenta esta alegría en la vida de fe, en la esperanza sobrenatural, en el amor entregado. Es compatible con el dolor, con el fracaso humano, con la pobreza de bienes materiales.

La alegría verdadera es la de todos aquellos que se encontraron con Dios en las situaciones y circunstancias más diversas de la vida y supieron ser consecuentes.

Lo normal para nosotros los cristianos es estar alegres con alegría interior. La infelicidad, el pesimismo y la tristeza serán siempre algo extraño para el cristiano. Algo que necesita de un remedio urgente.

 


LA FE, FUENTE DE LA ALEGRÍA

La fe es la fuente de la alegría cristiana. Esto os lo digo para que para que yo me goce en vosotros y vuestro gozo sea cumplido. Nuestro optimismo no se basa en razones humanas, sino que se fundamenta en Dios.

En la fe encontramos el sentido de nuestra vida en cualquier circunstancia en que nos hallemos, porque el que vive de fe puede encontrar la dificultad y la lucha, el dolor y hasta la amargura, pero nunca el desánimo ni la angustia, porque sabe que su vida sirve, sabe para qué ha venido a esta tierra.

El fundamento de nuestra alegría debe ser firme. No puede apoyarse en cualquier cosa pasajera: noticias, acontecimientos, salud… Solo el Señor es fundamento capaz de resistirlo todo.

Si tenemos fe nuestra alegría está asegurada.

 


LA  TIBIEZA:

COMO  CIEGOS  Y  CANSADOS

La tibieza es esa crisis de las virtudes teologales, que junto al pecado, es causa especial de tristeza. Si el cristiano cae en la tibieza pierde la alegría. Cristo queda como oscurecido, por descuido del cual somos responsables, en la mente y en el corazón: no se le ve ni se le oye.

La tibieza es, por ello, una grave enfermedad del amor que puede darse en cualquier edad de la vida interior. Un alma tibia es un “alma cansada”, es un alma que “está de regreso”, en la lucha por mejorar; un alma que ha perdido a Cristo en el horizonte de su vida.

Pero en la vida interior toda enfermedad tiene remedio. Se puede volver a descubrir aquel tesoro escondido, a ese Cristo, que una vez dio sentido a la vida. Es más fácil en los comienzos de la enfermedad, pero también se puede volver más adelante, como el caso de aquel leproso de quien nos habla San Lucas, que estaba cubierto de lepra, pero un día decidió acercarse a Jesús y el Señor extendió la mano, lo tocó y al instante despareció la lepra.




TIBIEZA  Y  DEJADEZ

Es importante distinguir la tibieza de la aridez espiritual, esa falta de sentimiento en el trato con Dios. La verdadera piedad, con sentimiento o sin él, nos lleva a meter a Dios en todas las cosas, que, sin Él, resultan insípidas.

Tampoco nace la tibieza de una caída, por grande que esta sea. Cuando esto sucede, si en esa alma existe un verdadero deseo de santidad, se levanta en seguida y sale fortalecida con la reparación, y una mayor humildad.

La tibieza nace  de una dejadez prolongada en la vida interior, un conjunto de pequeñas infidelidades, cuya culpa –no zanjada– está influyendo en las relaciones de esa alma con Dios. La dejadez se expresa en el descuido habitual de las cosas pequeñas, en la falta de contrición ante los errores personales, en la falta de metas concretas en el trato con el Señor, o en el trato con los demás. Se vive sin verdaderos objetivos en la vida interior que atraigan e ilusionen.

 


NECESITAMOS LA ALEGRÍA

Estar alegres es una forma de dar gracias a Dios por los innumerables dones de cada día, “pues Dios nos ha creado para la alegría, nos ha hecho criaturas alegres, y nuestra alegría es el primer tributo que le debemos, la manera más sencilla y sincera de demostrar que tenemos conciencia de los dones de la Naturaleza y de la gracia y que los agradecemos”.

Con nuestra alegría hacemos además alegres a nuestro alrededor, pues esa alegría lleva a Dios. Dar alegría a los demás será frecuentemente la mayor muestra de caridad, el tesoro más valioso que damos a quienes nos rodean.

Esta muestra de caridad grande hacia los demás – la de esforzarnos por alejar la tristeza de nosotros y de remover su causa – ha de manifestarse especialmente con quienes Dios ha puesto más cerca de nosotros. Dios quiere que el hogar en que vivimos sea un hogar alegre. Nunca unos hogares oscuros, hogares tristes, y frecuentemente tensos por la incomprensión y el egoísmo.

Esta alegría en Dios es también “el estado de ánimo absolutamente necesario para el perfecto cumplimiento de nuestras obligaciones. Cuanto más elevadas sean estas, tanto más habrá que elevarse nuestra alegría. Cuanto mayor sea nuestra responsabilidad, mayor también nuestra obligación de tener paz y alegría, para darla a los demás.


Fuente:
La tibieza — Francisco Fernández - Carbajal

 


jesusNiño



La alegría cristiana supone dos cosas: estar enteramente convencido de que Dios nos ama (“nosotros hemos creído en el amor que Dios nos tiene”) y el esfuerzo diario por ser fieles, por crecer en la amistad con Dios.

Y la fidelidad supone tener siempre abierto el oído a nuevas exigencias.

No se puede restringir la entrega (esa entrega que está en el origen y en el fin de la vocación cristiana recibida en el Bautismo), ni pensar que ya se ha dado todo de una vez, (Dios pide hoy algo nuevo, distinto de ayer), ni poner condiciones, ni fijar límites.


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