Lunes, 24 de Febrero del 2020
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Bautismo del Señor, ciclo A: 12 de enero del 2020
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EL BAUTISMO DE JESÚS Y EL NUESTRO

   En la Conferencia de Medellín (1968), Mons. Samuel Ruiz dijo:

Si en la Iglesia primitiva se bautizaba a los convertidos,

hoy, en cambio, nuestra tarea es convertir a los ya bautizados.

   Para esta conversión, se debe dar una buena formación a los padres.

Lo dice  Juan Pablo II: Atended a campo tan prioritario con la certeza

de que la evangelización en el futuro depende en gran parte

de la “Iglesia doméstica”. Es la escuela del amor, del conocimiento

de Dios, del respeto a la vida… (Discurso inaugural en Puebla, 1979).

¿Tomamos en serio el Evangelio? ¿Cómo fue el bautismo de Jesús?

 

Jesús busca al profeta Juan

   El profeta Juan, cuando bautiza en las aguas del río Jordán, exige:

Confesar los pecados y dar frutos de una sincera conversión.

Ciertamente, el bautismo de Juan no basta, ha sido superado.

Es por eso que el mismo Juan anuncia a la gente esta Buena Noticia:

Yo les bautizo con agua para que se conviertan.

Pero Aquel que viene después de mí y es más poderoso que yo:

Él les bautizará con el Espíritu Santo y con fuego (Mt 3,11).

   Jesús de Nazaret antes de iniciar su misión, va al Jordán donde

el Bautista proclama: Conviértanse, el Reino de los cielos está cerca.

Es allí, donde Jesús se humilla… acompaña a  hombres y mujeres…

y, por solidaridad con ellos/as, pide a Juan ser bautizado, diciéndole:

Conviene que así cumplamos toda justicia. Sobre esta justicia,

al anunciar las bienaventuranzas a los pobres (Mt 5,1-12), Jesús dice:

Felices los que tienen hambre y sed de justicia, ellos serán saciados.

   Recuperemos -cada día- el verdadero sentido de nuestro bautismo,

para vivir como hijos del Padre… y como hermanos entre nosotros.

Así lo dice san Pablo: Por el bautismo fuimos sepultados con Cristo,

y morimos, para ser resucitados y vivir una vida nueva (Rom 6,4).

Es decir, se trata de despojarnos del hombre viejo y de sus obras,

para revestirnos del hombre nuevo… a imagen de Dios (Col 3,9s).

Éste es mi Hijo amado, mi predilecto

   Cuando Jesús es bautizado, el Espíritu de Dios viene sobre Él,

y se oye una voz que dice: Este es mi Hijo amado, mi predilecto.

Es la voz del Padre… Viene el Espíritu… Jesús es el Hijo predilecto.

Al final de su vida terrenal (Mt 28,19), Jesús dice a sus seguidores:

Vayan y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos.

Bautícenlos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

   Años más tarde, Pedro va a la casa de Cornelio donde anuncia:

Dios ungió a Jesús de Nazaret con el poder del Espíritu Santo.

Jesús pasó la vida haciendo el bien y sanando a los enfermos.

Nosotros somos testigos de todo lo que hizo (2ª lectura). Luego,  

Pedro ordena bautizarlos en el nombre de Jesucristo (Hch 10,48).

   San Pablo, por su parte, insiste: Todos nosotros, judíos o griegos,

esclavos o libres, hemos sido bautizados en un solo Espíritu

para formar un solo cuerpo (1Cor 12,13).

   También los que hemos recibido la gracia del bautismo,

necesitamos ser transformados por el Espíritu, para seguir a Jesús.

Él, una vez bautizado, se retira a la región marginada de Galilea y allí:

-Anuncia: Conviértanse, porque está cerca el Reino de los cielos.

-Acoge y come con publicanos y pecadores. -Sana a los enfermos.

-Perdona a los pecadores. -En una palabra, da vida plena.

   Refiriéndose al bautismo, el Papa Francisco dice:

Piensen en una madre soltera que va la parroquia y dice al secretario:

Quiero bautizar al niño”. Y el secretario le dice:

“No, tú no puedes porque no estás casada”.

Pero miren, esta chica que ha tenido el valor de seguir adelante

con su embarazo sin “quitárselo de encima”, ¿qué encuentra?:

¡Una puerta cerrada! ¡Esto no es celo! ¡Aleja del Señor!

¡No abre las puertas! Y así cuando estamos en este camino (…),

no hacemos bien a los demás, a la gente, al Pueblo de Dios.

Pero Jesús instituyó siete sacramentos, y nosotros con esta actitud

instituimos el octavo: ¡el sacramento de la aduana pastoral! (…).

Pensemos en Jesús, que quiere siempre que todos se acerquen a Él,

pensemos en el Santo Pueblo de Dios, un pueblo sencillo,

que quiere acercarse a Jesús.

Pensemos en tantos cristianos de buena voluntad que se equivocan

y que en lugar de abrir una puerta la cierran (…).

Pidamos esta gracia (Homilía, 25 de mayo del 2013).  J. Castillo A

 

UNA NUEVA ETAPA

            Antes de narrar su actividad profética, los evangelistas nos hablan de una experiencia que va a transformar radicalmente la vida de Jesús. Después de ser bautizado por Juan, Jesús se siente el Hijo querido de Dios, habitado plenamente por su Espíritu. Alentado por ese Espíritu, Jesús se pone en marcha para anunciar a todos, con su vida y su mensaje, la Buena Noticia de un Dios amigo y salvador del ser humano.

            No es extraño que, al invitarnos a vivir en los próximos años una nueva etapa evangelizadora, el Papa nos recuerde que la Iglesia necesita más que nunca evangelizadores con Espíritu. Sabe muy bien que solo el Espíritu de Jesús nos puede infundir fuerza para poner en marcha la conversión radical que necesita la Iglesia. ¿Por qué caminos?

            Esta renovación de la Iglesia solo puede nacer de la novedad del Evangelio. El Papa quiere que la gente de hoy escuche el mismo mensaje que Jesús proclamaba por los caminos de Galilea, no otro diferente. Hemos de volver a la fuente y recuperar la frescura original del Evangelio. Solo de esta manera, podremos romper esquemas aburridos en los que pretendemos encerrar a Jesucristo.

            El Papa está pensando en una renovación radical, que no puede dejar las cosas como están; ya no sirve una simple administración. Por eso, nos pide abandonar el cómodo criterio pastoral del ‘siempre se ha hecho así’ e insiste una y otra vez: Invito a todos a ser audaces y creativos en esta tarea de repensar los objetivos, las estructuras, el estilo y los métodos evangelizadores de las propias comunidades.

            Francisco busca una Iglesia en la que solo nos preocupe comunicar la Buena Noticia de Jesús al mundo actual: Más que el temor a no equivocarnos, espero que nos mueva el temor a encerrarnos en las estructuras que nos dan una falsa contención, en las normas que nos vuelven jueces implacables, en las costumbres donde nos sentimos tranquilos, mientras afuera hay una multitud hambrienta y Jesús nos repite sin cansarse: Dadles vosotros de comer.

            El Papa quiere que construyamos una Iglesia con las puertas abiertas, pues la alegría del Evangelio es para todos y no se debe excluir a nadie. ¡Qué alegría poder escuchar de sus labios una visión de Iglesia que recupera el Espíritu más genuino de Jesús rompiendo actitudes muy arraigadas durante siglos! A menudo nos comportamos como controladores de la gracia y no como facilitadotes. Pero la Iglesia no es una aduana, es la casa del Padre donde hay lugar para cada uno con su vida a cuestas.  

José Antonio Pagola (2014)

 

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